Con el humo del cigarro dibujó sonrisas de otro tiempo.
Miraba al infinito, pero su mente estaba en el mismo punto, llevaba en el mismo punto parado durante más de un año. Era siempre lo mismo, una y otra vez, una y otra vez. Como la cadencia de la gota que cae en un grifo que no se puede cerrar más.
No soportaba esta presión, esos gritos en su pecho. Cuando sus pensamientos y sentimientos se enzarzaban en otra lucha interminable que acababa cuando él agotado caía sin sentido sobre su cama.
Cada noche repetía el ritual. Todo empezaba con la primera cerveza, que le sabía como el edén perdido, la cantidad de promesas que podía llegar a caber en una sola lata de felicidad. Cuando iba por la tercera bebida y el segundo paquete de cigarrillos le llegaba la inspiración, como un rayo, le atravesaba. Todas esa energía concentrada en una sola persona, todos los sentimientos que guardaba para sí. Todo. Todo quería salir a la vez y disfrazado de cualquier forma. Musical, poético… ¿qué más daba?, mientras saliera.
Después del fiasco artístico seguía bebiendo y fumando, bebiendo y fumando… y pensando, nunca paraba de pensar, por más que le hubiera gustado. El recuerdo lo ahogaba, era una sensación de impotencia, que empezaba en el estómago, continuaba con su pecho y acababa por ocupar toda su existencia.
¿Qué fue lo que hizo para convertirse en el despojo de persona que es ahora?
Ya ni lo pensaba… sólo era capaz de acallar los gritos de la lucha en su interior con más y más bebida.
Cansado y abotargado por el dolor y el alcohol se fue a solas y en silencio a dormir…
una noche más.